Stephen King: la ordinaria vida del señor del terror

Desde que casi muere atropellado por una furgoneta hace 15 años, el escritor apenas ha concedido entrevistas, pero ha aceptado hablar con Rolling Stone.

Stephen King, ilustado por Roberto Parada

El edificio donde se encuentra la oficina de Stephen King está en un callejón sin salida bastante deprimente a las afueras de Bangor, Maine. Un poco más arriba de esta calle hay una armería, un concesionario de quitanieves y, muy apropiadamente, un vetusto cementerio. Desde fuera, el anónimo edificio parece una deliberada elección tomada para tranquilidad de King y su pequeño equipo. “No podemos estar en una calle principal porque la gente acabaría encontrándonos”, dice uno de sus asistentes. “Y no es el tipo de gente que quieres que te encuentre. [King] atrae a gente muy rara”. Una vez dentro, el visitante se sumerge en el universo de Stephen King: una figura con su imagen a la manera de Los Simpson, un inquietante muñeco de cabeza basculante basado en el payaso de su éxito de 1986 It, y pilas y pilas de libros.

King mantiene una antigua casa gótica (con telas de araña y murciélagos en la puerta principal) a unos kilómetros de aquí, visitada por autobuses llenos de turistas, pero él nunca pasa por allí. Vive la mayor parte del año en Lovell, a dos horas y media de aquí. Ahora que sus tres hijos son mayores, él y Tabitha, su mujer, bajan a Sarasota, Florida, para pasar el invierno.

King sólo se acerca por la oficina una vez al mes. Hoy se ha dejado caer por aquí y, como siempre, anda con varios proyectos a la vez. Acaba de dar los últimos retoques a su nueva novela sobre asesinos en serie, Finders keepers (secuela de su reciente Mr. Mercedes, último de sus libros publicado en España), algo sorprendente, teniendo en cuenta que este año publicará en EE UU dos libros más, además de un guión para la nueva película de Jon Allen y Anthony LaPaglia, A good marriage. Pero no sólo eso, también acaba de afinar detalles del musical Ghost brothers of Darkland County, que coescribió con el rockero John Mellencamp.

Ahora mismo el escritor de 67 años está repantingado en una silla de su oficina, comiendo un donut que le deja una pequeña montaña de azúcar sobre su camiseta negra de cuello vuelto. Está muy contento por la publicación de Revival, una actualización de Frankenstein sobre un predicador obsesionado con los poderes curativos de la electricidad y sus 50 años de relación con un guitarrista de rock adicto. Probablemente, llegará directamente al número 1 de la lista de éxitos literarios de The New York Times.

Desde 1974, cuando Carrie llegó a las estanterías, se estima que King ha vendido unos 350 millones de libros y su valor como escritor ha alcanzado varios cientos de millones de dólares. Puede que John Grisham y E. L. James, autor de 50 sombras de Grey, vendan más libros en la actualidad que él, pero eso no es un problema. “No es una persona competitiva”, explica Chuck Verrill, su agente desde hace décadas. “El único autor que le importaba era Tom Clancy. Hubo una época en la que ambos escribían para Penguin, y a King le quedó claro que le consideraban por debajo de Clancy. Aquello no le gustó, pero ahora es feliz donde está”.

King no ha concedido muchas entrevistas desde que hace 15 años casi muriera atropellado por una furgoneta, pero ha aceptado hablar con Rolling Stone.

La mayor parte de tu obra habla del horror o lo sobrenatural, ¿qué te atrajo de esos temas?

Lo llevaba dentro de mí. Eso es todo. La primera película que vi fue una de terror. Bambi. Cuando aquel pequeño ciervo queda atrapado en el bosque yo estaba aterrorizado y excitado a la vez. No sé explicarlo. Mi mujer y mis hijos beben café. Pero yo no. Prefiero el té. Mi mujer y mis hijos nunca tocarían una pizza que llevara anchoas. A mí me encantan. Aquello que me atrajo ya formaba parte de mi equipamiento de serie.

¿Alguna vez has tenido vergüenza de ello?

No. Siempre he creído que aterrorizar a la gente era muy divertido. También sabía que estaba socialmente aceptado porque había muchas películas de terror. Yo me inicié con cómics de terror como The crypt of terror.

Por el hecho de escribir novelas de terror, entraste en uno de los géneros de ficción menos respetados.

Sí. Es uno de los géneros que suelen ser despreciados por la comunidad literaria pero, ¿qué le voy a hacer? Era lo que me atraía. Me encantan D.H. Lawrence. La poesía de James Dickey, Émile Zola, Steinbeck… No tanto Fitzgerald. Hemingway no me gusta nada. Hemingway es muy malo, básicamente. Me parece fantástico que a la gente le guste. Pero si yo hubiera intentado escribir así, el resultado habría sido vacío, inerte y falso. Además, he de reconocerlo: hasta cierto punto, he elevado el género de terror.

Algunos podrían discutirte ese punto.

Ahora es un género mucho más respetado. Llevo toda mi vida luchando contra ese desprecio de vastas áreas de ficción al catalogarlas como “de género”, como si eso no fuera literatura. No quiero sonar presuntuoso. Raymond Chandler elevó el género de la novela negra. Aquellos que hacen un buen trabajo consiguen trascender las fronteras entre géneros.

Muchos críticos fueron brutales contigo en tus comienzos.

Nada más empezar mi carrera, The Village Voice hizo una caricatura mía que aún me duele. Era un dibujo mío comiendo dinero. Yo tenía la cara enorme, hinchada. Era la asunción de que si la ficción se convertía en superventas era necesariamente mala. Si algo es accesible para mucha gente, es para tontos, porque la mayoría de la gente lo es. Eso es puro elitismo. No comulgo con ello.

Sin embargo, esa misma actitud persiste en la actualidad. El crítico literario Harold Bloom te atacó ferozmente cuando ganaste el National Book Award hace 10 años.

Lo de Bloom nunca me molestó, porque sigue habiendo críticos, gente como él, que hacen gala de su ignorancia sobre la cultura popular disfrazándola de superioridad intelectual. Puede que Bloom tenga la capacidad de decir que Mark Twain fue un gran escritor, pero es incapaz de explicar que hay una línea directa que lleva desde, por ejemplo, Nathaniel Hawthorne a Jim Thompson, porque nunca ha leído a escritores como Thompson. Simplemente piensa: “Nunca le he leído, pero sé que es malo”.

Michiko Kakutani, de The New York Times, es igual. Hace la crítica de The bone clocks, la nueva novela de David Mitchell, diciendo que es una de las mejores novelas del año. Es, por lo menos, tan buena como El jilguero, de Donna Tartt, posee el mismo estilo de profundas resonancias literarias. Sin embargo, por el mero hecho de que este último tiene elementos de fantasía y ciencia ficción, Kakutani no quiere entenderlo. Bloom, Kakutani y muchas eminencias grises de la crítica literaria son como esos niños que dicen: “¡No me puedo comer eso porque los alimentos se tocan entre sí!”.

Los críticos de cine ven películas populares como ‘Tiburón’ dignas de alabanzas, pero luego, en otra sección del periódico, otro crítico te vapulea por ‘La danza de la muerte’.

Por su naturaleza, se presupone que las películas tienen que ser medianamente accesibles para todo el mundo. Para decirlo claramente: puedes llevarte a un analfabeto a ver Tiburón y va a entender lo que ocurre en la película. No sé quién será el Harold Bloom del mundo del cine, pero si encontraras a alguien así y le dijeras: “Compara Tiburón y Los 400 golpes de François Truffaut”, seguramente se reiría y diría: “Bueno, Tiburón es la típica mierda de entretenimiento popular, y Los 400 golpes es cine”. Es el mismo tipo de elitismo.

En tu nuevo libro, ‘Revival’, hablas mucho sobre religión. Concretamente, uno de los dos protagonistas es un reverendo que da la espalda a Dios cuando su familia muere y en un sermón habla sobre el completo fraude que es la religión. ¿En qué medida ese sermón es un reflejo de tus creencias?

En mi opinión, la religión organizada es un arma muy peligrosa de la que mucha gente ha abusado. Yo crecí en la iglesia metodista; íbamos a misa todos los domingos y a la escuela bíblica en verano. No teníamos otra elección. Así que todo lo que cuento sobre la religión y la infancia en Revival es casi autobiográfico. Pero como cualquier niño, yo albergaba dudas. Nos enseñaban que todos los católicos irían al infierno porque adoraban ídolos. Así que allí estaba yo pensando: “Los católicos van al infierno. Mi tía Molly se casó con uno, se convirtió y tuvieron 11 hijos que además son todos muy majos, uno de ellos es uno de mis mejores amigos. ¿Van a ir al infierno?”. Y me digo: “Eso es mentira”. Y si eso era mentira, ¿qué pasaba con el resto de lo que nos contaban?

Stephen King, convaleciente tras haber sido atropellado por una furgoneta

¿Transmitías tus dudas a tu madre?

¡No, por Dios! La quería, nunca podría haber hecho eso. Una vez que acabé el instituto decidí que ya era suficiente.

Habiendo dicho esto, has dejado claro en muchas ocasiones que crees en Dios.

Sí. He decidido creer en Dios porque eso implica que las cosas sean mejores. Tienes un concepto sobre el que meditar, una fuente de fortaleza. No me pregunto si Dios existe o no. Elijo creer que Dios existe, y así puedo decir: “Dios, no puedo hacer esto yo solo. Ayúdame a no beber hoy. Ayúdame a no drogarme”. Y me funciona.

¿Crees en la vida después de la muerte?

No lo sé. En ese punto soy agnóstico. Pongámoslo de esta forma: me gustaría creer que hay algún tipo de vida después de la muerte. Creo que en cuanto te enfrentas a la muerte, los circuitos de emergencia del cerebro toman el mando. Pero no digo esto como una evidencia empírica. Creo que es muy posible que, cuando te mueres, estos circuitos se manifiestan, algo que explicaría el fenómeno de la luz blanca: cuando una persona ha muerto clínicamente y ve a sus familiares y amigos que van a recibirle y le dicen: “Hola, qué alegría volver a verte”.

¿Esperas ir al cielo?

No quiero ir al cielo que me enseñaron de pequeño. Me resulta muy aburrida la idea de estar tumbado en una nube escuchando arpas. ¡Yo quiero escuchar a Jerry Lee Lewis!

¿Desearías haber tenido creencias más arraigadas? ¿Tener una mayor certeza te habría ofrecido mayor consuelo?

No, creo que la incertidumbre es buena para según qué cosas. La certeza conduce a la complacencia, y la complacencia significa que estás sentado en tu casa de las afueras, viendo la CNN y pensando: “Oh, pobres niños inmigrantes que intentan cruzar la frontera. Pero no podemos aceptarlos: Dios no quiere eso. Hay que devolverlos a los cárteles de la droga”. Ese tipo de complacencia.

¿Qué hay del mal? ¿Crees que existe?

Creo en el mal, pero llevo toda la vida cambiando de opinión sobre si hay un mal externo, si hay o no una fuerza en el mundo que quiere destruirnos, individual y colectivamente. O si, por otro lado, el mal proviene de dentro, una mezcla de genética y de ambiente. Cuando te encuentras a alguien como, pongamos, Ted Bundy, que torturó y asesinó a todas esas mujeres y volvía para violar sus cuerpos muertos, no creo que eso se le pueda achacar al hecho de que “a los cuatro años su madre le ponía una pinza en la polla”. Ese comportamiento era innato. El mal reside en nuestro interior. Cuanto más viejo me hago, menos creo que exista una influencia maligna proveniente del exterior; creo que proviene de la gente. Y a menos que seamos capaces de afrontar ese hecho, tarde o temprano, acabaremos matándonos a nosotros mismos.

¿Qué quieres decir?

Leí sobre ello hace un mes en el Huffington Post y se me ha quedado grabado. Fue algo muy inquietante. Era algo de divulgación científica, que es lo único que soy capaz de entender. Decía que llevamos 50 años escuchando a las estrellas, buscando cualquier signo de vida, y no hemos escuchado otra cosa que el silencio. Cuando echas un vistazo a lo que sucede en el mundo, a todos los conflictos existentes y el hecho de que nuestra tecnología hace tiempo que ha superado a nuestra capacidad para manejar nuestras propias emociones, ¿cuál es la solución? La única solución que somos capaces de ver para el problema del Estado Islámico (EI) es bombardear a esos cabrones. Eso es lo que da miedo de ese silencio: tal vez todas las razas inteligentes han llegado a este nivel de violencia y avances tecnológicos y han sido incapaces de superarlos. Así que, simplemente, han explotado. Te chocas contra el muro y se acaba todo.

Entonces, ¿crees que el destino de la humanidad es aniquilarse a sí misma?

No puedo ver el futuro, pero parece triste. El agotamiento de los recursos… Vivimos en la economía del “coge y corre”. También me encantan los republicanos. Siempre que se trata de dinero –la deuda nacional, por ejemplo– gritan con todas sus fuerzas eso de “¿Y qué pasará con nuestros nietos?”. Pero cuando se trata del medioambiente, cuando se trata de recursos naturales, entonces dicen: “Bueno, todo irá bien otros 40 años”.

Me gustaría hablar sobre tu forma de escribir. Explícame como es un típico día cuando estás escribiendo un libro.

Me levanto. Desayuno. Ando unos cinco kilómetros. Regreso, voy a mi oficinita, donde tengo el manuscrito; la última página que me gustó está la primera. La leo y es como si entrara en una pista de aeropuerto. Tengo la capacidad de leerla, revisarla e introducirme –en un instante– en ese mundo, cualquiera que sea. No me paso el día escribiendo. Puede que escriba un par de horas, luego vuelvo sobre ello, lo reviso, imprimo lo que me gusta y apago el ordenador.

¿Haces eso todos los días?

Todos los días, incluso fines de semana. Antes escribía más rápido… Es la edad. Te desacelera.

¿Es la escritura una adicción?

Sí. Por supuesto. Me encanta. Además, es una de las pocas cosas que me sigue enriqueciendo de la misma forma que antes. Normalmente, con el alcohol o la droga, cuanto más tomas, menos te da. Escribir sigue siendo algo muy bueno, pero también ocasiona el comportamiento obsesivo-compulsivo típico de las adicciones. Así que escribo todos los días durante seis meses hasta que consigo un borrador o algo parecido y después me obligo a parar completamente durante 10 ó 12 días para dejar que todo se asiente. Durante ese parón, vuelvo loca a mi mujer. Me dice: “Fuera de mi camino, sal de casa, ¡haz algo, pinta una pajarera, lo que sea!”.

Así que veo la tele, toco la guitarra y mato el tiempo. Y cuando me acuesto suelo tener unos sueños muy locos, no muy agradables, porque la maquinaria que nos permite fabricar historias no quiere dejar de funcionar. Así que, si esas historias no van a plasmarse en un folio, tendrán que hacerlo de alguna forma. En mi caso, toman la forma de estos sueños. Suelen ser sueños que tienen que ver con vergüenzas o inseguridades.

¿Por ejemplo?

El más recurrente trata de que voy a actuar en una obra, así que llego al teatro la noche del estreno y no sólo no encuentro mi traje, también me doy cuenta de que no me sé el papel.

¿Cómo interpretas eso?

Es un tipo de inseguridad, temor al fracaso, a estar por debajo de las expectativas.

¿Aún le tienes miedo al fracaso tras todos estos años de éxitos?

Por supuesto. Tengo miedo de todo tipo de cosas. Tengo miedo de no ser capaz de acabar un libro o de no estar a la altura.

¿Crees que tu imaginación es más activa que la de la mayoría de la gente?

No lo sé. Está más entrenada. Duele imaginarse cosas. Puede llegar a dolerte la cabeza. No es un dolor físico, es más bien mental. Pero cuanto más lo haces, más escapas de ello. Todo el mundo posee esta capacidad, pero creo que la gente no la desarrolla.

Vale, pero no mucha gente es capaz de hacer lo que haces tú.

Aún recuerdo cuando iba a la universidad y escribía relatos y novelas, algunos de las cuales acabaron siendo publicados y otros no. Era como si mi cabeza fuera a explotar: había tantas cosas sobre las que quería escribir, y todas al mismo tiempo. Tenía muchas ideas, todas mezcladas. Era como si necesitaran mi permiso para empezar a salir. Tenía un gran acuífero de historias que quería contar, así que puse una cañería y todo empezó a salir a chorros. Aún quedan reservas, aunque no tantas como antaño.

¿Cuándo se te ocurrió la primera idea para ‘Revival’?

En realidad la he tenido siempre, desde que era niño. En el instituto leí un cuento llamado The great god Pan que trataba sobre un doctor que quiere saber si una mujer puede volver desde el mundo de los muertos para describírselo. Me dio mucho miedo. Cuanto más pensaba en ello, más pensaba en este rollo tipo Frankenstein.

¿Cuánto tiempo tardaste en escribirlo?

Lo comencé en Maine y lo acabé en Florida. Escribir una novela suele llevarme al menos un año. El primer borrador suele ser demasiado irregular, así que luego hay que pulirlo, quitar lo que no funciona. Una vez le preguntaron a Elmore Leonard: “¿Cómo se escribe un libro divertido de leer?”. Y él respondió: “Quitando lo aburrido”.

¿Pusiste algo de ti en el personaje de Jamie?

Sí. Jamie es un tipo que se hace adicto a las drogas tras un accidente de moto, y yo he tenido un problema con las drogas desde… no sé. Creo que mi problema con las drogas se remonta a los tiempos de universidad.

También tuviste problemas con el alcohol. ¿Cuándo se convirtió en algo serio?

Empecé a beber a los 18. Me di cuenta de que tenía un problema cuando Maine se convirtió en el primer estado en reciclar botellas y latas. Ya no podías tirarlas junto a todo lo demás, tenías que separarlas. Nadie en casa bebía salvo yo. Si acaso, mi mujer se tomaba una copa de vino. Una vez bajé al garaje y vi el contenedor de las latas de cerveza lleno hasta los topes. Lo había vaciado la semana anterior. Bebía una caja de cervezas cada noche, y pensé: “Soy un alcohólico”. Eso fue más o menos allá por el 78 o el 79. Pensé: “Tengo que tener cuidado, porque si alguien me dice: ‘Estás bebiendo demasiado, tienes que dejarlo’, entonces no podré seguir bebiendo”.

¿Estabas borracho cuando escribías por aquella época?

La verdad es que no. No bebía de día. Si alguna vez se me juntaban un par de cosas pendientes –algo que me pasaba entonces y que aún me sigue pasando– también trabajaba de noche. Y si trabajaba de noche, estaba bebido. Pero por la noche nunca escribía material nuevo, simplemente reescribía. Pero siempre salió bien.

¿En qué momento entraron en escena las drogas duras?

Probablemente sobre el 78, más o menos en el mismo momento en el que me di cuenta de que había perdido el control con la bebida. Bueno, yo creía que lo controlaba, pero no era así.

Fue la cocaína, ¿verdad?

Sí, la cocaína. Fui un gran consumidor desde 1978 hasta 1986, más o menos.

¿Escribías bajo sus efectos?

Claro, tenía que hacerlo. Es decir, la cocaína es distinta al alcohol. Podía esperar tranquilamente hasta empezar a beber. Pero tenía que esnifar cocaína todo el rato.

En aquel momento ya eras padre de tres hijos. Mantener ese gran secreto debió generarte un gran estrés mientras lidiabas con el resto de responsabilidades.

No lo recuerdo.

¿De verdad?

No. Toda aquella época permanece en una neblina. No la consumía delante de nadie. Tampoco era un bebedor social. Solía decir que no quería ir a los bares porque estaban llenos de gilipollas como yo.

Stephen King en su niñez

Estoy intentando comprender cómo pudiste compaginar durante ocho años esa vida secreta de adicto con la producción en serie de ‘bestsellers’ y ser padre de familia.

Yo tampoco lo entiendo ahora, pero cada uno hace lo que tiene que hacer. Cuando eres adicto, tienes que consumir. Así que intentas equilibrarlo lo mejor que puedes. Pero poco a poco, la vida familiar empezó a mostrar grietas. Normalmente se me daba bastante bien. Me levantaba, les hacía el desayuno a los niños y les llevaba al colegio. Y yo era fuerte y tenía mucha energía. De no haber sido así me habría suicidado. Al cabo de un tiempo, los libros empezaron a hablar sobre ello. Misery es un libro sobre cocaína. Annie Wilkes es la cocaína. Ella era mi fan número uno.

¿Empezó a resentirse la calidad de tu escritura?

Sí. Los Tommyknockers (1987) es un libro horrible. Fue el último que escribí antes de desintoxicarme. Últimamente he pensado mucho sobre ello y me he dicho: “Ahí, en el fondo, hay un libro muy bueno, debajo de toda la espuria energía que genera la cocaína, creo que debería volver a retomarlo”. El libro tiene 700 páginas y creo que se podría hacer uno muy bueno de 350.

¿Es ‘Los Tommyknockers’ el único libro tuyo que consideras que no está a la altura?

Bueno, tampoco me gusta mucho El cazador de sueños (2001). Lo escribí tras el accidente. [En 1999, King fue atropellado por una furgoneta mientras daba un paseo]. Tomaba mucha oxicodona para el dolor. No podía trabajar en el ordenador porque la postura me resultaba insoportable. Así que escribí la novela a mano. Estaba muy colocado con la oxicodona, otro libro que muestra la influencia que tienen las drogas.

¿Cuál es tu libro favorito?

La historia de Lisey. Fue un libro muy importante para mí, porque trataba sobre el matrimonio, algo sobre lo que nunca había escrito antes. Quería hablar sobre dos cosas: una era el mundo secreto que la gente construye dentro del matrimonio, y la otra, que incluso en ese mundo tan íntimo sigue habiendo cosas que uno desconoce del otro.

¿Has terminado con la serie de ‘La torre oscura’?

Nunca terminaré con esa serie. Lo que sucede con La torre oscura es que esos libros nunca se editaron, así que yo los considero borradores. Para cuando llegué al quinto o al sexto libro, ya estaba pensando: “Todos estos libros son sólo una novela”. Es algo que me vuelve loco. Estoy intentando encontrar el tiempo para reescribirlos. Hay un elemento ausente: una gran batalla en un lugar llamado Jericho Hill. Debería escribir sobre todo eso, lo he pensado en varias ocasiones, pero no sé cómo empezar.

Has hecho una fortuna a lo largo de los años. Muchos estarían disfrutando de ella, comprando casas en Hawai o el sur de Francia y llenando las paredes de Picassos. Obviamente, eso no es lo tuyo. ¿Qué significa el dinero para ti?

Me gusta tener dinero para comprar libros, música, para ir al cine y ese tipo de cosas. Para mí, una de las mejores cosas en el mundo es comprar las series en iTunes porque no hay anuncios, pero, si fuera obrero, no podría permitírmelo. Por suerte, no pienso en el dinero. Tengo dos cosas importantísimas en mi vida: estoy libre de dolor y de deudas. El dinero significa que puedo mantener a mi familia y que puedo seguir haciendo lo que me gusta. No mucha gente puede decir lo mismo, tampoco muchos escritores. No me gusta mucho la ropa. Ni los barcos. Tenemos una casa en Florida. Sin embargo, vivimos en Maine. No es un lugar que esté de moda, ni mucho menos. Tenemos las casas y algunas cosas. A mi mujer le encanta todo eso. A mí no mucho. A mí me gustan los coches porque crecí en el campo y tener un coche era una necesidad. Así que tenemos más coches de los que necesitamos, pero esa es nuestra mayor extravagancia.

Cuando observas a esos ejecutivos de los fondos de inversión que viven como reyes…

Es algo absolutamente ajeno a mí. Vi El lobo de Wall Street y me pareció que la vida que llevaba el tipo era bastante agotadora. El dinero por el dinero no me interesa. Tenemos mucho y donamos mucho.

He leído que realizas grandes donaciones benéficas, pero casi nunca te enteras de a dónde van a parar.

Fuimos educados bajo la creencia de que si donas dinero es arrogante hacer ostentación sobre ello para que la gente lo sepa. Se supone que has de ser discreto. Hemos reconocido públicamente ciertas contribuciones, pero con la idea de que resultara un ejemplo para otras personas.

Así que, si donas un millón de dólares para el Eastern General Hospital de Maine, lo haces con la esperanza de que alguien más contribuya también. No siento aversión a utilizar mi faceta de famoso. Esta tarde voy a participar en un anuncio para la candidata demócrata al senado Shenna Bellows. No sé cuánto creo en el país, creo que lo suficiente, así que espero que el anuncio sirva para algo.

¿Te preocupa que la inmersión en política te haga perder lectores?

Eso es inevitable. Escribí un libro electrónico después de lo que sucedió en Newtown, Connecticut, cuando aquel tipo disparó a los niños. Recibí muchas cartas, algunas me decían: “¡Gilipollas! No volveré a leer ninguno de tus putos libros”. ¿Y qué? Si llegas a un punto en el que eres incapaz de separar el entretenimiento de la política, ¿quién te necesita? Por Dios.

Nunca me gustaron los libros de Tom Clancy, pero no por el hecho de que fuera republicano, sino porque en mi opinión no sabía escribir. Hay otro tipo que me da la sensación de ser un escritor bastante escorado a la derecha. Se llama Stephen Hunter y me encantan sus libros. Creo que no le sucede lo mismo con los míos.

Tu padre te abandonó cuando tenías dos años. ¿Cómo marcó esta ausencia tu vida?

No lo sé. No he examinado mi vida, pero recuerdo cuando Tabby y yo nos casamos, allá por el 71. Recuerdo estar en la cama con ella, girarme y decirle: “Deberíamos casarnos”. Ella me respondió: “Déjame que me lo piense esta noche”.

A la mañana siguiente, me dijo: “Sí, casémonos”. No teníamos nada. Bueno, yo trabajaba en una gasolinera. Ponía gasolina. Luego, cuando me gradué, ella seguía estudiando y yo trabajé en una lavandería porque no conseguí plaza de profesor. No teníamos un puto duro. Para cuando conseguí la plaza ella trabajaba en Dunkin’ Donuts. No teníamos ni teléfono en casa y ya teníamos dos bebés. No me preguntes por qué, no me acuerdo en qué estábamos pensando.

Echando la vista atrás, ¿volverías a hacerlo todo igual otra vez?

Debimos de haber estado locos, pero adoro a mis hijos, y me alegro de que lo hiciéramos. Ella se iba a trabajar a Dunkin’, estaba muy guapa con aquel uniforme rosa. Dios, estaba guapísima. Aún sigue siéndolo para mí, pero, Dios mío. Aquel nailon rosa tenía algo sexy. Yo me iba a dar clases, volvía y cuando ella se iba a Dunkin’ Donuts yo cuidaba de los niños, les daba de comer, les cambiaba y hacía todas las cosas hasta que ella regresaba a las 11 de la noche. Entonces nos íbamos a la cama. Y yo pensaba: “No voy a dejar ese matrimonio pase lo que pase”.

Tu padre falleció en 1980. ¿Te sentiste tentado de conocerle, aunque sólo fuera para escuchar su lado de la historia?

No. Sentí curiosidad cuando era un crío. Solía pensar: “Me gustaría encontrarle y partirle la cara”. Después: “Me gustaría encontrarle, escuchar su versión de la historia y después partirle la cara”. Porque no existe excusa para algo así. No fue solo que nos abandonara, abandonó a mi madre dejándola con un montón de facturas, y tuvo que trabajar muy duro para pagarlas.

King en su juventud

¿Qué te frenó para buscar a tu padre?

Estaba muy ocupado. Estaba forjándome una carrera como escritor. Cuando empecé a dar clases, llegaba a casa e intentaba robar un par de horas para escribir. La verdad es que nunca pensé mucho en ello.

¿Has visto el nuevo documental, ‘Habitación 237’ y a los fans obsesionados con ‘El resplandor’ de Stanley Kubrick?

Sí. Vi más o menos la mitad, me impacienté y lo quité.

¿Por qué?

Nunca he tenido mucha paciencia con las tonterías académicas. Como dice Dylan: “Si le das a la gente un montón de tenedores y cuchillos, algo tendrán que cortar”. Y eso es lo que sucede en ese documental.

Te has mostrado siempre extremadamente crítico con la película de Kubrick. ¿No es posible que hiciera una excelente película que es una mala adaptación de su libro?

No. Nunca lo vi así. Nunca vi el resto de las adaptaciones de esa forma. Esas películas nunca fueron importantes para mí. Las películas son películas. Las hacen otros. Si son buenas, perfecto. Si no lo son, no lo son. Las considero algo inferior a la ficción, a la literatura, un medio mucho más efímero.

¿Le sorprende el culto en torno a ‘El resplandor’ de Kubrick?

No lo entiendo. Pero hay muchas cosas que no entiendo. Lo que está claro es que hay gente a quien le encanta, y no entienden por qué a mí no. El libro es calor y la película frío; el libro acaba en llamas y la película en hielo. En el libro hay un momento en el que se ve a este tipo, Jack Torrance, intentando ser bueno, pero poco a poco va llegando a un punto en el que se convierte en un loco. Desde mi punto de vista, cuando vi la película, Jack está loco desde la primera escena. En aquel momento, tuve que callarme. Era el primer visionado y Nicholson estaba a mi lado. Pero en cuanto aparece en pantalla, pensé: “Ya he visto a este tipo antes. Le he visto en cinco películas de motoristas en las que Nicholson representaba el mismo papel”. Además, es misógina. Wendy Torrance parece un estropajo histérico. Pero seguro que es cosa mía, así soy yo.

¿Cuál consideras que es la mejor película que se ha hecho a partir de tus libros?

Cuenta conmigo. Me pareció una adaptación muy fiel del libro, porque mantenía la pendiente emocional de la novela. Es conmovedora. Creo que Rob Reiner me tenía miedo. Me la puso en el hotel Beverly Hills. Yo estaba por ahí por otra historia y me dijo: “¿Tienes un momento para que te muestre la película?”. Hay que recordar que el presupuesto era muy bajo. Era una de esas películas que se estrenan en seis cines y luego desaparecen. Pero se convirtió en un éxito. Cuando acabó, le di un abrazo porque me emocionó hasta el llanto, es una historia muy autobiográfica.

Cuenta conmigo, Cadena perpetua o La milla verde son muy buenas películas. Misery también. Delores Claiborne es una película muy, muy buena. Y Cujo.

¿Qué opinas del auge de las novelas para adolescentes? Hay críticos literarios que aseguran que demasiados adultos leen ese tipo de libros juveniles.

Es algo extraordinario. Yo me he leído todos los de Harry Potter y me encantaron. No me aproximo a un libro pensando en el tipo de género que es, si es para jóvenes, si es romántica o cualquier otra cosa. Los leo porque me apetece. Alguien me preguntó hace poco: “¿Has pensado alguna vez en escribir un libro para jóvenes? Ya sabes, una novela para adolescentes?”. Yo le contesté: “Todas mis novelas lo son”. Porque no entiendo esa división por géneros literarios.

¿Crees que ahora tienes menos lectores jóvenes que cuando empezaste?

Sí, es probable. Creo que se me percibe como un escritor de novelas para adultos porque yo mismo soy mayor. Sin embargo, empecé a escribir en un gran momento, tuve éxito siendo autor de libros de bolsillo antes de convertirme en autor de tapa dura. Los libros de bolsillo eran más baratos, así que muchos de mis lectores eran jóvenes. Ese tipo de libros eran los que se podían permitir. Si me preguntas: “¿Crees que el libro electrónico atrae a los lectores más jóvenes?”. La respuesta sería que atrae a algunos, pero probablemente no a la mayoría.

¿Eso te preocupa?

Bueno, llevo dentro la determinación del éxito. El impulso de querer complacer al mayor número de gente posible. Pero ese impulso termina cuando sabes que nunca te traicionarás escribiendo determinado tipo de libro. Tuve una seria discusión conmigo mismo sobre Mr. Mercedes, que es básicamente una novela de suspense. Tuve que parar y preguntarme: “¿Quieres hacer lo que tu corazón te dice o lo que la gente espera de ti?”. Porque si lo único que quieres es escribir lo que la gente espera, ¿por qué empezaste a hacerlo? ¿Por qué no escribes sobre lo que quieres?

¿Te preocupa la muerte del papel impreso?

Creo que los libros continuarán existiendo, aunque lo que ha pasado ha sido una locura. La industria editorial está muy preocupada por la desaparición de las librerías. La muerte de la industria discográfica fue trágica, pero la música grabada lleva tan sólo 120 años entre nosotros. Los libros existen desde hace… ¿nueve siglos? Así que tienen más arraigo que la música.

Casa Stephen King.

Hablando sobre Harry Potter, te has hecho amigo de J. K. Rowling, ¿cierto?

Sí. Coincidimos en una gala benéfica en el Radio City Music Hall hace unos años. Ella estaba inmersa en el último libro de Harry Potter. Su agente y su editor estuvieron hablando 10 minutos con ella y, al acabar, echaba humo. Muy cabreada. Cuando regresó donde yo estaba, me dijo: “No entienden de qué va lo que hacemos, ¿verdad? No tienen ni puta idea”. Yo le contesté: “No, ni idea. Ninguno”. Así es mi vida.

¿A qué te refieres?

Si alguien me preguntara: “¿En qué se encuentra trabajando?”. Yo respondería: “Tengo una maravillosa idea sobre dos familias en dos lados de un lago que acaban inmersos en una carrera armamentística de fuegos artificiales”. Pero además de esa idea también estoy haciendo una gala, además del anuncio político y alguna que otra cosa más. Así que soy inflexible y me digo a mí mismo: “No vas a hacer nada más, porque tienes que encontrar el tiempo para ponerte a escribir”. Nadie entiende en realidad en qué consiste este trabajo. Quieren los libros, pero nadie se lo toman en serio.

Has mencionado que ves mucho la televisión. ¿Cuál es la mejor serie de los últimos 15 años en tu opinión?

Breaking bad. Supe que era genial desde la primera escena, en la que le ves llevando calzoncillos slip. Esa estética era muy valiente.

¿Crees que de haber nacido en otra época te hubiera gustado ser responsable de una serie?

No. Demasiado tiempo y poca recompensa. Y no me refiero al dinero. Además, ser el responsable de una serie implica tener que tratar con mucha gente diferente. Tienes que codearte con todo el mundo y tratar con los ejecutivos de la cadena. No quiero hacer eso.

Es interesante que las películas de grandes presupuestos son peores que nunca, pero sin embargo, la televisión no para de mejorar.

Sí. Aunque no estamos hablando de series como NCIS o CSI, que se dedican a contar siempre la misma historia en bucle. Ni siquiera me refiero a Mad men, que no me gusta. En cambio, Breaking bad, The walking dead, The bridge o The americans tienen muchas texturas y consiguen que te sumerjas en ellas, tanto que hacen que las películas parezcan historias cortas. Hace unos 12 años empecé a ver la serie The shield. En el primer episodio, Michael Chiklis, el protagonista, se da la vuelta y mata a un compañero policía. En ese momento pensé: “La tele acaba de sufrir un cambio sísmico”. Aquella serie fue la más importante de toda la televisión. Breaking bad es mejor, pero The shield lo cambió todo.

Hablemos de música. ‘Revival’ trata sobre un guitarrista de rock. ¿Crees que ese podría haber sido tu camino de haber tenido un talento musical algo más desarrollado?

¡Por supuesto! Me encanta la música y sé tocar un poco. Pero es muy fácil ver la diferencia entre alguien con talento y alguien que no lo tiene. Jamie, el protagonista de Revival, tiene un talento natural. Lo que es capaz de hacer con la guitarra es lo que yo hago con la escritura. Simplemente surge. Nadie me enseñó. Para Revival cogí lo que siento al escribir y lo apliqué a la música.

¿Cuál ha sido el mejor concierto que has visto en tu vida?

Uno de Springsteen. Le vi en Lewinston, Maine, en 1977. Tocó casi cuatro horas. Fue maravilloso. Aquel concierto estuvo lleno de energía y generosidad, su música respira realidad. Estaba muy en forma, saltaba sobre el público, se tumbaba de espaldas y se ponía a dar vueltas. Es un gran showman.

¿Le respetas como narrador?

Le respeto como compositor y me encanta también la intuición que rebosan sus canciones. Mi disco preferido es Nebraska. En cuanto empieza Atlantic City ya sabía que iba a ser excepcional. Creció como compositor. Ese verso de The river en el que dice “Ahora yo hago como que no lo recuerdo y Mary como que no le importa”. Digamos que está muy lejos del Palisades park de Freddy Cannon [canción de 1962 que trata de la visita a un parque de atracciones].

Tengo la impresión de que tanto Bruce como tú haríais lo mismo que habéis hecho incluso si no ganarais dinero con ello.

Sí, estoy de acuerdo. Igualmente, ambos somos autodidactas, tenemos una gran ambición y el impulso necesario para el éxito; yo poseo esas cualidades. Tengo una habilidad especial para hacer algo, y Bruce demuestra que también la posee en muchas de sus canciones.

En tu opinión, ¿está haciendo Obama un buen trabajo?

Dadas las circunstancias lo ha hecho muy bien. Sólo hay que echar un vistazo a la mejoría que ha experimentado el mercado laboral. Pero la naturaleza humana tiende a preocuparse por asuntos sin resolver, así que, casos como los del EI (Estado Islámico) o las irrupciones en la Casa Blanca se han convertido en errores de Obama.

¿Crees que Obama hace bien en perseguir al EI de la manera en que lo está haciendo?

Sí, si son tan malvados como la prensa dice que son. Están decapitando a personas en público y poniendo bombas: hay que hacer algo con esos tipos. Es mi forma de verlo, y eso que soy pacifista. Lo más deprimente es que todo se parece cada vez más a 1984: con guerras constantes y la sensación de que es algo que no acabará jamás.

¿Por qué crees que Estados Unidos se encuentra tan dividido?

No tiene nada que ver con Obama. Ahora mismo, en Estados Unidos, se está llevando a cabo una discusión fundamental sobre si vamos a seguir protegiendo las libertades individuales o si vamos a renunciar a ellas. Y el debate se está volviendo cada vez más agrio.

Desde el 11-S, somos inspeccionados de forma invasiva en los aeropuertos. Hay cámaras por todos sitios. Hay un montón de gente que opina que EE UU es un país para el individuo y que todos deberíamos tener armas en nuestras casas. Básicamente, hay toda una facción del país que vive inmersa en el temor. Tienen miedo de que si se legaliza el matrimonio homosexual, nadie sabe qué sucederá (tal vez todos nuestros hijos se conviertan en gays y el estilo de vida americano desaparecerá). Tienen miedo de que los inmigrantes desborden nuestra economía. En el lado opuesto, hay gente que piensa que tal vez haya una manera de aceptar todas estas cosas, que quizás a lo que haya que renunciar es al derecho de que todo el mundo pueda tener un arma. Son argumentos básicos.

¿Piensas mucho en lo que dejarás como legado en el futuro?

No, no mucho. En primer lugar, es algo que queda fuera de mi control. Cuando un escritor muere pueden sucederle dos cosas: que sus obras pervivan o que acaben siendo olvidadas. Alguien encontrará una caja, la abrirá y dirá: “¿Quién es este tipo, Irving Wallace?”. Es algo que no logro entender. Pregúntales a los chicos de instituto quién es Somerset Maugham. No tendrán ni idea. Escribió libros que en su momento fueron superventas. Ahora mismo no le recuerda casi nadie. En cambio, Agatha Christie es más popular que nunca. Salta de una generación a otra. No es tan buena escritora como Maugham y nunca tuvo otra intención que no fuera la de entretener. Así que no sé qué sucederá conmigo.

Has amenazado en varias ocasiones con retirarte, pero nunca lo has llevado finalmente a cabo. ¿Te ves escribiendo a los 80 años, o incluso después?

Sí. ¿Qué otra cosa voy a hacer? Hay que hacer algo para llenar los días. Las únicas otras dos cosas que podría hacer serían tocar la guitarra y ver series. Pero hay dos cosas que me gustan de escribir: me hace feliz a mí y hace felices a otras personas

Rolling Stone.es

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